Como cada viernes por la noche, acompañado por mi jodida soledad, salí a caminar por las oscuras calles del centro, tomando los pasajes en donde se ponen las prostitutas de día y los travestidos de noche; era habitual y muy predecible mi rutina, caminar y caminar hasta encontrar algún bar donde tomar un par de cervezas y, si tenía suerte, terminar con una desconocida en la cama teniendo sexo más salvaje que el viernes anterior.
Pero eso, como cada viernes, nunca sucedía. Siempre fui malo con el sexo opuesto, un tipo hundido en sus pensamientos que definitivamente nunca despertaba el interés de alguna mujer. Creo que la única vez que llegué a establecer algún contacto, aburrí a la fémina con mis pláticas apasionadas sobre la degradación social y mis profundos análisis de los textos de García Márquez. Sólo se limitó a decir, de una manera honestamente cruel, que la aburría y se fue directo a la barra, quizá a esperar a alguien que simplemente le invitara una copa y le propusiera sexo sin compromiso.
Después de las mencionadas cervezas, salí como siempre a curar ese mal de amores con otro mal que según José Manuel, un abogado con complejo de psicoanalista que ocasionalemente se embriagaba conmigo, se llamaba "mal de putas". Decía José Manuel que quienes padecían este mal, lo padecían de por vida, no existía remedio alguno. Y efectivamente creo que mi mal no podía ser curado, pues de alguna manera tenía que llenar el vacío que las mujeres siempre dejaron en mí, incluso el de mi madre.
Así que caminé directamente hasta el número 2060 de la calle Reforma y toqué el timbre, e inició una vez más el mismo rito de los viernes por la noche: un hombre de aspecto intimidante abrió una ventanilla en la puerta, me miró fijamente por dos segundos, cerró la ventanilla y enseguida abrió y me dejó pasar. Esperé sentado en esa pequeña sala en la que al fondo había una cortina roja y de donde salían, como un catálogo virtual, las chicas disponibles al momento que se presentaban con un "hola" y diciendo su nombre.
Hubo una chica en particular que me llamó la atención, por que nunca la había visto, por que era muy hermosa y por que cuando se presentó salió con un aire despótico, sabiendo que era la mejor, su nombre era Natalia. Hecha mi elección se la comuniqué al tipo intimidante, me acompañó al cuarto y me dijó "en un momento viene la chica, por favor pongase cómodo, en caso de necesitar ayuda prenda la televisión". Su voz y su manera de trato contrastaban mucho con su apariencia.
Como de costumbre, me desnudé y esperé sentado sin prender la televisión para tratar de aguantar lo más que pudiera a la erección y que de esa manera, cuando la chica llegara, no pensara que estaba tan urgido, aunque era algo estúpido, por que el hecho de estar ahí, automáticamente me ponía en tal situación.
Después de unos cinco minutos, entró Natalia cubierta con una toalla y secamente me dijo "acuéstate bocabajo". Con ese aire tan impersonal que caracteriza a una prostituta, que hasta en cierto momento, pareciera que te miran con odio, por que te saben conciente de la razón por la que se obligan a trabajar en ese giro. Tal vez sea interpretado como una violación aceptada por las dos partes con algunos formalismos. Entonces hice lo que Natalia me dijo y comenzó a darme un "masaje estimulante" que más bien parecía una venganza por mi imprudencia. Después, en tono imperativo, me dijo que ahora me acostara bocarriba y luego comenzó a darme sexo oral, un tanto sorprendido pensé que era el mejor que alguien me había dado, con la succión y la cantidad de saliva necesarias y algo de improvisación que me gustó.
Habiendo terminado me preguntó en que posición me la quería follar, "de misionero" respondí. Puso una sábana, me puso el condón y después se acostó esperando el momento en que decidiera dejarle ir toda mi virilidad. Lo hice. Comencé a moverme cadenciosamente al ritmo que ella estableció, nunca nadie me había hecho establecerlo. Pero como buen tipo retraído y con destellos de psicópata, comencé a embestir de forma ruda hasta que Natalia me pidió que parara por que la lastimé, comenzó entonces a establecer otra vez el ritmo, lentamente, suave. Mi plan era tratar de terminar lo más rápido posible, para terminar con esa incomodidad e irme a casa a pasar las siguientes tres horas viendo televisión sin ver televisión, absorto en los senderos que una y otra vez me llevaban a mundos insospechados, donde el sufrimiento era inagotable. Pero ante su silenciosa petición lo hicimos a su manera.
Fue entonces cuando me di cuenta que había un deseo infinito en sus ojos, en su cuerpo. No eran aquellos gemidos fingidos que acostumbraba a escuchar cada viernes, secos, hipócritas. Comenzó a acariciarme el dorso con las manos sintiendo cada endidura, cada forma. Como un reflejo a veces levantaba la cadera para hacer de ese roce algo más cercano; por mi parte tuve la entera confianza de empezar a tocarle los senos, oler cada parte de su cuello, rozar mis labios en su piel hasta llegar al punto de besarla y ser correspondido, nunca algo así había sucedido, "una puta nunca besa" pensé. Aumenté el ritmo, ella lo consintió agarrándome de las nalgas y apretándome fuerte hacia su caverna misteriosa muchas veces invadida hasta que por fin la presión de mi vientre cedió, cual río salvaje e inexplorado. Lo que aún me sorprendio más todavía, fue que a sabiendas de que yo había terminado, ella seguía como un animal hambriento, seguí el juego.
Minutos después, mientras me ponía el pantalón, ella seguía acostada bocarriba inerte, fue como si una serpiente le hubiera inyectado una dosis de veneno, de repente se movía como con un espamo, sus ojos estaban fijos en los espejos del techo, no sé a quien contamplaba, si a ella o a mí. Se paró, se envolvió en la toalla y se salió sin decir absolutamente nada. Tuve la necesidad de darle las gracias pero no lo hice. Terminé de vestirme y me fui. Como dije, sólo llegué a mi casa a ver televisión sin ver televisión, sólo que ahora esos senderos ya no me llevaron a mundos insospechados donde el sufrimiento era inagotable, ahora me llavaron directo a Natalia, a la pasión y deseo que impuso en el acto sexual, desee volver a verla.
Después de eso, cada viernes iba impaciente, nos enredamos en un hilo de complicidad, nunca nos dirigíamos la palabra fuera de lo que siempre se hablaba, siempre salía del cuarto sin siquiera mirarme y, aunque seguía pagando por sus servicios, sentí que eso era algo mucho más profundo y que ella igual lo sentía. De alguna manera mis profundos vacíos emocionales se llenaron. En una ocasión me encontré a José Manuel en el bar y le comenté que estaba equivocado respecto a que no había remedio para el mal de putas, que se curaba involucrándose con una, puesto que con el tiempo la dejabas de ver como sexoservidora, como en mi caso. Natalia para mí ya no era prostituta, se había convertido en una mujer con la que tenía sexo casual con un costo medianamente elevado.